LAS 10 REGLAS BÁSICAS DEL BUEN JOVEN ANTI-SISTEMA:
1- Apréndete de memoria las siguientes reglas y no dejes que otros te contaminen con su verborrea y malas intenciones. Estas reglas son la verdad.
2- Tú estás en posesión de estas reglas. Por lo tanto, tú estás en posesión de la verdad.
3- Consume, cuanto más mejor. Aprende cómo incitar a todo tipo de empresas en su camino hacia la máxima producción y el máximo beneficio. Ellas sabrán qué, a quién, dónde, cuándo y cómo explotar.
4- Roba, arremete y suprime la palabra sodiladirad. Justifica y fomenta, así, los organismos de represión del Estado, la inapelable voluntad del poder judicial y el control sobre la masa y el individuo.
5- Siéntete libre en saber o no saber de política, es indiferente. Procura que los que tengan poco quieran más, y los que tengan mucho quieran más.
6- Jamás pienses en el contenido y la utilidad de los bienes y servicios, limítate al continente. Mejor: no pienses, es el camino más rápido.
7- Enteógenos, LSD, cannabis… y todas aquellas drogas consideradas expansionadoras de la mente están prohibidas: Matan. Haz uso de otras que, como el alcohol o la cocaína, te ayuden a comprender y ejecutar las reglas 3, 4 y 6.
8- Tus valores son: la competitividad, el deseo, la estética y el arresto domiciliario. Difunde los medios audiovisuales. Y recuerda: el tercer mundo es un plató de televisión, construido para canalizar y absorber la compasión y la sensibilidad.
9- Siente miedo, puede que estés siendo vigilado en este mismo momento. Haz uso de candados, cerraduras, vallas, muros, fronteras y banderas. Ser vigilante también es una buena forma de sentirte menos vigilado.
10- La correcta ejecución de estas reglas conlleva la ineludible titularidad de ser: el buen joven anti-sistema. Otros prefieren llamarlo el buen joven anti-eco-sistema. Los más aguerridos se atreven, incluso, con el buen joven anti-sistema-solar.
Nota: Cualquier alteración, omisión o ampliación de las presentes reglas supondrá un atentado contra todos aquellos que, públicamente, hacen posible un mundo mejor hoy en día.
Nota2: Si no has entendido parte o el total del contenido de estas bases, no te preocupes, tu visión sobre el ‘continente’ es maravillosa. Estás en el buen camino. Suerte.
13 mayo 2006
03 marzo 2006
Londres, G-8
Londres, G-8, islamismo y tu corte de pelo
DEL PORQUÉ EL GALLO LE COMIÓ EL CULO A LA GALLINA Y TODOS LOS ANIMALES DE LA GRANJA SE FUERON A TOMAR POR CULO

La borrachera londinense que provocó la celebración del triunfo de la candidatura ‘Londres 2012’ para los juegos olímpicos ha sido sacudida por una resaca atronadora. Todos hemos podido ver en los televisores como las bombas volvían a ser protagonistas de otro atentado terrorista, y hemos sentido de nuevo la perplejidad que nos provoca un acto horrendo y aparentemente ininteligible. Le había tocado por fin el turno al Reino Unido. Era cuestión de tiempo.
Paralelamente comenzaban las jornadas y el trabajo ‘serio’ de un acto internacional que tiene por costumbre reunir al G-8 (o los siete países más poderosos del mundo más Rusia, como se cacarea). Efectivamente nuestros poderosos se reunían en el hotel Geneagles en Escocia (como que muy al norte de London) para pactar acuerdos eficientes que logren la erradicación del hambre y la pobreza en África como primer plato de su apretada agenda internacional, y otros temas como el cambio climático. Lo que seguro que tenían desapretado era el primer botón del pantalón después de la cena bienvenida que les ofrecía la noche antes la Doña Madre, la queridísima Reina de Inglaterra. Así es, el objetivo de tal cumbre era hacer del mundo un lugar un poquito mejor con jarabe democrático y pacífico, sin hambre, ni violencia… Vaya.
Existe una escisión en la religión del Islam tildada fundamentalismo o salafismo. Una escisión que se ha ido formando a lo largo de este siglo basándose en una interpretación rígida y fundamentalista de su libro sagrado. El Islam histórico (tradicional), sin embargo, ensalzaba valores más utópicos, intangibles… y creencias basadas en la divinidad de los dioses, la existencia de milagros y la fe espiritual. Una cara de la religión más parecida al carácter del cristianismo popular, más abierta, pacífica y sin estar clavada en el anzuelo dogmático. Una religión más cultural y del pueblo. ¿Por qué el nacimiento del islamismo radical? Cuando un pueblo ve amenazada su cultura muchos se convencen de que una postura extrema es la mejor defensa; y estos convencidos no son cuatro borrachos. Desde luego no lo eran la elite de intelectuales teólogos que impulsó el Islam Escriturista más conocido mundialmente como fundamentalismo islámico. Su postura extrema está basada en una interpretación rígida del Corán y la ley musulmana sharia, y en el convencimiento de que Dios no va a venir a salvarlos con un milagro. Un convencimiento que tuvo como precio una dura criba de las libertades del hombre y sobretodo de la mujer musulmana, y una ceguera total enquistada en la defensa de los usos y costumbres ancestrales. Es decir, cerrar las puertas de palacio a cal y canto para que no entren. ¿Pero para que no entre quién, o qué?
Hasta aquí me he preocupado de contar verdades, ahora contaré las mentiras. Vamos a contar mentiras tralará, vamos a contar verdades tralará…
¿Tendría el primer ministro británico Tony Blair sus diez minutos de total incertidumbre como su amigo George cuando le tocó lo suyo? Desde luego la esfera de poderosas caritas tristes que lo circundaban cuando salió a decir las primeras palabras tras los atentados le darían un poco más de valor. G8s y G5s secundando su sentir y asintiendo su discurso de rechazo hacia lo ocurrido en la capital de su reino. “¡No destruirán nuestros valores!” decía Tony. Cuando estos altos mandatarios hacen suyas (y de nadie más) palabras como democracia, libertad, paz… parece que sólo tienen sentido si las pronuncian ellos y desde luego, de ellos es el significado que pretenden darlas. Porque al ciudadano medio cuando le quitan de la boca los términos absolutos que representan lo negativo (terror, asesinos, ¡bastardos!...) o su vertiente en positivo (democracia, libertad, ¡queremos la paz!) se queda mudo. Y los mudos asienten con la cabeza cuando escuchan a la parte que más les convence. Da la impresión de que si no estás con unos, estás con los otros. Y amigo… aquí reside el incansable error de la política moderna escorada hacia el dualismo, lo blanco o lo negro, pp o psoe, jeltzales o abertzales. Voy más allá si queréis: izquierda o derecha, extremistas o moderados. Porque señores (G8s) ¿qué democracia es esa que cada vez que en el mundo un pueblo se ve sumido en un conflicto lo mejor que podemos hacer por él es inculcársela a golpe de martillo? ¿Qué democracia es esa cuya bandera de paz está alzada sobre un asta tan afilada que es capaz de atravesar la libertad de los pueblos mismos para alcanzar su propia emancipación? ¿Qué libertad es esa que tan alto valoráis, cuando su principal objetivo es robar la oportunidad de la gente para decidir, construir o luchar por su propio futuro? Ni voy a definir lo que estas palabras significan, ni voy a pronunciar todavía ‘economía’ y las razones que de aquí se desprenden, porque me quedaría sólo hablando. Cuando escucho a Tony y sus amiguetes, tan convencidos, pienso: “el jarabe democrático os lo tomáis vosotros, que el hecho de pronunciar esas palabras os debe de proporcionar la calma que necesitáis para convenceros de que lo estáis haciendo bien. Deben de ser un potente antídoto que dé sombra a vuestro irritado sentimiento de culpabilidad, porque en serio… os queda muy bien el discurso”. Pero los mudos podemos aprender el lenguaje de los signos.
Faltaba una: paz ¿Qué paz es esa que os hace olvidar que comenzasteis una guerra que no ha acabado en cuanto que los muertos son consecuencia de una guerra y estos no paran de florecer en aquellos territorios donde vendéis vuestra democracia? Coño, es verdad, estabais en guerra y ahí tienes amigo Tony tus respectivas víctimas civiles. Desde luego, al lado de estos islamistas radicales el Bloque Negro Anarquista que tira piedras y rompe cristales en tu cumbre como anfitrión parecen bebés de pañal e imperdible. Y cuando te acercas a tu capital para mostrar tus condolencias al pueblo y hueles por fin de cerca el grito de la bomba te das cuenta de que las piedras son chispitas de bengala, pero su capacidad de dar luz tiene de pronto más sentido que nunca. Y lo sabes, lo sabéis de sobra.
Doy botes sobre el trampolín que me asoma a la piscina. ¿Salto?
Pienso ¿Por qué el empeño de un islamismo radical que busca generar caos y muertos en lo que representa al pueblo mismo? ¿Se equivocan sus bombas de lugar, las que deberían estar colocadas como que algo más al norte de London? ¿Por qué inocentes Osama? Si te crees con razón para justificar una matanza significa que no ves en tus víctimas la inocencia ¿por qué?
A muchos hubiera gustado que las bombas estallasen en el hotelito Geneagles o en la mismísima casa de George y tantos otros, pero no, ellos no son los muertos. La escisión radical del Islam que propugna grupos terroristas como Al-Quaeda no ataca estas casas, a lo mejor en el 11-S se aproximó al simbolizar sus intenciones con la destrucción del mayor emblema económico que ostentaba Estados Unidos. Pero después ¿por qué las personas que pillan el metro?
Los autores de estos atentados no creo que vean en las caras de las personas corrientes ganas de guerra, ni intención de venderles democracias. Ven al pueblo, un pueblo que, sin embargo, legitima a sus líderes, a los G8s y sus aspirantes al poder, para que estos retocen en el barro de sus convicciones. Un pueblo que pierde su libertad y la palabra en el momento en que vota. Dándole vueltas a esto me gustaría ofrecer dos razones que yo entiendo para explicar por qué los islamistas radicales escogen a las víctimas que escogen.
Una razón se desarrolla alrededor del concepto ‘guerra’. Efectivamente cuando Tony baja a la convulsionada Londres se acuerda de que participa en una guerra, una guerra que cada día despierta con un incesante goteo de muertos militares y civiles, esos que viven en casas. Para los países que envían tropas a la guerra de Irak (o cualquier otra) todo es muy limpio, a resultas de que su territorio queda impune de las consecuencias de la guerra, la población puede pasear tranquila y, sin embargo ¡están en guerra! Es curioso... Es por lo que no me cuesta demasiado entender que los otros mandatarios, los que fomentan el fanatismo entre jóvenes a quiénes es cercenado el futuro y es frustrada su propia idea de libertad, tomen la iniciativa de llevar la guerra también a aquellos países que la instigaron hasta dando la vida por ello. ¿O qué esperabais George, Tony y José Maria? Las guerras no se ganan sin mancharse las manos de sangre, ¡joder! lo jodido es que encima no son las vuestras las que se manchan. Me estoy calentando, voy a hablar sobre la otra razón.
La otra es más compleja. Es obvio que los ocho grandes no estarían ahí si nadie les hubiera aupado. Borremos por un momento de la cabeza ahora la palabra poder, imaginemos que ese concepto no existe, que nunca ha existido (...) los 8 grandes ¿qué son? Un Tony, un Jacques, un George,... un Osama,... personas incapaces de hacer absolutamente nada, cuyas mentes estarían dándole vueltas al significado de esas palabras, democracia, libertad, paz... haciendo filosofía, dudando. Como tú, como yo.
Sin embargo el poder existe, no ser consciente de ello es un pecado y de aquí nace el compromiso social desde el individuo hacia la especie humana.
La cultura musulmana tiene la costumbre de no hacer distinción entre conceptos como religión, ley, costumbres,... es decir, de no trabajar o pensar en el término laico. Algo que no voy a juzgar como bueno o malo, sino una forma diferente de trabajar la vida que, pensemos, puede ser completamente incompatible con la forma de entender la realidad de otros pueblos. Es por ello que no sólo para los radicales, sino para la mayoría de musulmanes, es incomprensible que George pretenda integrarse en toda una cultura para inculcar sus ideas democráticas derivadas del imperialismo capitalista. Algo increíble. Pero hay más. No sólo es la política, no sólo es la economía. La globalización (me hace gracia que la palabra sea inmediatamente subrayada en rojo por el programa word) es la motivadora del surgimiento de formas de sentir extremas que, como algunos musulmanes, ven amenazadas sus formas de vida por otras que no tienen por qué compartir. Es la occidentalización de oriente la que provoca que escisiones agresivas del Islam fomenten el cerrar las puertas de palacio a cal y canto. Son las personas corrientes, las que pillan el metro, las que representan principalmente esa gran canica occidental que arrasa a su paso inculcando valores que son los adecuados para mantener en pie nuestro sistema, valores como la competitividad, el valor del objeto, el máximo beneficio, la importancia de la imagen, ¡tu corte de pelo!... la desigualdad económica basada en el particular significado de conceptos como libertad y propiedad privada, pilares fundamentales de nuestra forma de vivir, de nuestro sistema. Algo que otros pueblos no tienen por qué entender, ¡¡algo que nuestro propio pueblo no tiene por qué entender!! Porque dictar cómo debe ser el ritmo de vida al son del cual se mueven todos los individuos dentro de un grupo, dentro de una sociedad, no es libertad. Solamente es lo ideal que hace que OCHO nombres se junten en una mesa para hablar y decidir sobre el rumbo del mundo, sobre el futuro, especulando en el nombre de todos. Mientras que millones de personas continúan muriendo, muriendo democráticamente.
Porque el poder sí existe, y hace que los pueblos mismos se enfrenten, hace que surjan posturas bipolares (o conmigo o con ellos), y como decía al principio, creo que es un error, es no dudar, es no pensar. Porque lo que sí está claro es que los que se han quemado en las estaciones de metro de Londres, en las estaciones de Madrid, en las Torres Gemelas, y en los miles de pueblos iraquíes no son más que las víctimas, son yos, son tús, y al mismo tiempo son las máximas culpables de donar el poder a aquellos que generan el conflicto por creerse con la razón, por pensar que pueden asesinar, conquistar y en definitiva destruir la libertad que todavía nadie ha conseguido definir para todos.
Precisamente porque es imposible.
Yo no reivindico la violencia, reivindico pensar. Un estilo de vida que también represento yo. Es por ello que digo: ‘desde hoy (cada día) estoy en guerra contra mi propia conciencia’.
28 febrero 2006
Entrevista: lechera
Tiburcia Menchaca/Lechera de 1937 a 1995
“A los críos de ahora no les gustaría la leche de entonces”
Un sendero deja atrás el humedal de Bolue, en los límites de la localidad de Berango. El viejo camino remonta un repecho desde la estrada Larrañazubi, y termina en el caserío Arzubiaga. Es una casa, reformada, que aún conserva en su fachada las piedras que albergaron los cuatrocientos años de su pasado. Tiburcia Menchaca se acuerda bien de la casa donde se crió, la cuadra, las vacas y los cántaros de leche colgados en el portal, a la espera del amanecer.
¿Esto fue, antiguamente, la cuadra? Aún puede sentirse el calor de los animales…
Hace diez años que comenzamos a quitarlo todo. Recuerdo, entonces, las últimas veces que llevé leche en la furgoneta, aquello sí era rapidez. Pero desde que murió mi marido no tenemos vacas. Cuido de la casa, las gallinas y el cerdo, y he decidido que éste será el último. Tengo 78 años y me canso más que antes.
Se la ve con muy buena salud…
Mejor que la de antiguas clientas, aquellas señoras de dinero a quienes llevaba la leche a sus casas de Neguri, en los meses de verano. Con alguna sigo manteniendo relación, por eso te lo digo.
¿Tendrá algo que ver su antiguo oficio?
Desde luego, comencé a repartir la leche con mi madre a los nueve años, nos ayudaba una burra. Todos los días se levantaba mi padre a las cinco de la mañana para ordeñar. A las seis yo desayunaba un tazón de leche y talo, y salíamos a repartir. En verano, andábamos hasta Neguri y acabábamos en Alangos, después, corriendo, me iba a la escuela de Santa Ana.
¿Le quedaban ganas para estudiar?
Lo peor era en invierno, porque nuestros clientes volvían a sus casas de Bilbao. Teníamos que llevar la leche, primero, hasta la estación de tren de Neguri. El tren nos dejaba en el Casco Viejo y desde allí andando íbamos hasta más allá de la Diputación, a la calle Iparraguirre. A la vuelta corriendo de nuevo a la escuela. Pero creo que hemos salido muy listos, para cuatro días que fuimos hemos sabido sumar y de todo.
¡Qué clientes tan distinguidos tenían! ¿La leche daba dinero?
Cuando juntábamos algo, se gastaba en comprar una vaca o un carro, que mucho más tarde sustituiría la furgoneta. Además, éramos ocho hermanos. Vivimos sin estrecheces, pero con lo justo. Entre los clientes había de todo. Recuerdo, en Bilbao, una señora que me hacía subir la leche por las escaleras, para que no me vieran sus vecinos coger el ascensor, incluso cuando estuve en estado. A aquella le guardaré siempre rencor. Pero también teníamos buenas relaciones, algunas familias, incluso, traían a sus hijos a la casa para que jugaran con los animales.
¿La diferencia entre clases era más notoria en aquellos tiempos?
Sí, pero había menos apariencias y, en ocasiones, más solidaridad. Con algunas familias nos intercambiábamos alimentos que traíamos de vuelta en las cantimploras, como peladuras para dar de comer a los cerdos, aceite, arroz u otras cosas. Para esto era bueno conocer al cocinero de cada casa.
¿No había controles de calidad?
Sí, y fueron aumentando, hasta que acabaron pagándonos por dejar de tener leche. Aunque nosotros también hacíamos alguna trampa, inocente, como verter agua a la leche que salía muy concentrada y en poca cantidad; por ejemplo, la que daban las vacas suizas. Había que tener cuidado de no pasarse, el celador de la estación de Neguri nos controlaba la cantidad y la calidad, después nos cobraba un dinero por la leche que comerciábamos. Sanidad se fue poniendo cada vez más rigurosa.
Hasta que por fin ahora, la leche, sale del tetra brick…
A lo que nos acostumbren. A los críos de ahora no les gustaría la leche de entonces, ellos creen que beben leche, pero no es más que agua. Ni siquiera te piden un alimento u otro, ellos piden Orlando.
¿Habrán mejorado en higiene las centrales lecheras?
Nosotros también la teníamos. Unas pocas gotas de agua oxigenada servían para que la leche no se perdiese por la noche, después de ordeñar las vacas en la tanda de la tarde, las tormentas o el viento sur podían fastidiarte toda la recogida. También existían enfermedades habituales en las vacas, como la mamitis o la tuberculosis. Pero el aldeano siempre ha mimado bien su ganado, lo conocía, era su vida. Puede que las vacas de ahora tengan más higiene, pero a saber qué comen, cómo viven ¡en fábricas!
¿Usted qué leche toma?
No bebo leche sola. Guardo un poco porque me gusta el café con leche. En casa del herrero, cuchillo de palo.
“A los críos de ahora no les gustaría la leche de entonces”
Un sendero deja atrás el humedal de Bolue, en los límites de la localidad de Berango. El viejo camino remonta un repecho desde la estrada Larrañazubi, y termina en el caserío Arzubiaga. Es una casa, reformada, que aún conserva en su fachada las piedras que albergaron los cuatrocientos años de su pasado. Tiburcia Menchaca se acuerda bien de la casa donde se crió, la cuadra, las vacas y los cántaros de leche colgados en el portal, a la espera del amanecer.
¿Esto fue, antiguamente, la cuadra? Aún puede sentirse el calor de los animales…
Hace diez años que comenzamos a quitarlo todo. Recuerdo, entonces, las últimas veces que llevé leche en la furgoneta, aquello sí era rapidez. Pero desde que murió mi marido no tenemos vacas. Cuido de la casa, las gallinas y el cerdo, y he decidido que éste será el último. Tengo 78 años y me canso más que antes.
Se la ve con muy buena salud…
Mejor que la de antiguas clientas, aquellas señoras de dinero a quienes llevaba la leche a sus casas de Neguri, en los meses de verano. Con alguna sigo manteniendo relación, por eso te lo digo.
¿Tendrá algo que ver su antiguo oficio?
Desde luego, comencé a repartir la leche con mi madre a los nueve años, nos ayudaba una burra. Todos los días se levantaba mi padre a las cinco de la mañana para ordeñar. A las seis yo desayunaba un tazón de leche y talo, y salíamos a repartir. En verano, andábamos hasta Neguri y acabábamos en Alangos, después, corriendo, me iba a la escuela de Santa Ana.
¿Le quedaban ganas para estudiar?
Lo peor era en invierno, porque nuestros clientes volvían a sus casas de Bilbao. Teníamos que llevar la leche, primero, hasta la estación de tren de Neguri. El tren nos dejaba en el Casco Viejo y desde allí andando íbamos hasta más allá de la Diputación, a la calle Iparraguirre. A la vuelta corriendo de nuevo a la escuela. Pero creo que hemos salido muy listos, para cuatro días que fuimos hemos sabido sumar y de todo.
¡Qué clientes tan distinguidos tenían! ¿La leche daba dinero?
Cuando juntábamos algo, se gastaba en comprar una vaca o un carro, que mucho más tarde sustituiría la furgoneta. Además, éramos ocho hermanos. Vivimos sin estrecheces, pero con lo justo. Entre los clientes había de todo. Recuerdo, en Bilbao, una señora que me hacía subir la leche por las escaleras, para que no me vieran sus vecinos coger el ascensor, incluso cuando estuve en estado. A aquella le guardaré siempre rencor. Pero también teníamos buenas relaciones, algunas familias, incluso, traían a sus hijos a la casa para que jugaran con los animales.
¿La diferencia entre clases era más notoria en aquellos tiempos?
Sí, pero había menos apariencias y, en ocasiones, más solidaridad. Con algunas familias nos intercambiábamos alimentos que traíamos de vuelta en las cantimploras, como peladuras para dar de comer a los cerdos, aceite, arroz u otras cosas. Para esto era bueno conocer al cocinero de cada casa.
¿No había controles de calidad?
Sí, y fueron aumentando, hasta que acabaron pagándonos por dejar de tener leche. Aunque nosotros también hacíamos alguna trampa, inocente, como verter agua a la leche que salía muy concentrada y en poca cantidad; por ejemplo, la que daban las vacas suizas. Había que tener cuidado de no pasarse, el celador de la estación de Neguri nos controlaba la cantidad y la calidad, después nos cobraba un dinero por la leche que comerciábamos. Sanidad se fue poniendo cada vez más rigurosa.
Hasta que por fin ahora, la leche, sale del tetra brick…
A lo que nos acostumbren. A los críos de ahora no les gustaría la leche de entonces, ellos creen que beben leche, pero no es más que agua. Ni siquiera te piden un alimento u otro, ellos piden Orlando.
¿Habrán mejorado en higiene las centrales lecheras?
Nosotros también la teníamos. Unas pocas gotas de agua oxigenada servían para que la leche no se perdiese por la noche, después de ordeñar las vacas en la tanda de la tarde, las tormentas o el viento sur podían fastidiarte toda la recogida. También existían enfermedades habituales en las vacas, como la mamitis o la tuberculosis. Pero el aldeano siempre ha mimado bien su ganado, lo conocía, era su vida. Puede que las vacas de ahora tengan más higiene, pero a saber qué comen, cómo viven ¡en fábricas!
¿Usted qué leche toma?
No bebo leche sola. Guardo un poco porque me gusta el café con leche. En casa del herrero, cuchillo de palo.
09 febrero 2006
Reportaje: Vejez
La vejez, cuestión de dignidad
Saturnino Fernández y Aurora Recio muestran su vida en la residencia, como otros ancianos, en busca del bienestar
Las residencias y hogares de día son escenarios cada vez más frecuentes en la sociedad. Cada año, la población anciana mayor de 85 años crece en número. En 2015 se prevé que supondrá el 16,4% de la población total en la CAV, hasta contar con 76.600 personas, según las proyecciones de población del Eustat. Esta dirección choca directamente con la realidad económica de las familias y la encrucijada de las ayudas que disponen los servicios sociales; olvidando, en ocasiones, quiénes son las personas que verdaderamente necesitan toda la atención.

“Cuando esta residencia nos ponga tan buena comida como la que preparaba mi mujer, yo ya no estaré aquí”. Saturnino alza una ceja y sonríe, la ironía se le escapa de la boca. Desde la silla de ruedas, enclavado en un punto estratégico del salón, divisa a todo aquél que entra en la estancia. Se acerca una joven con bata blanca y el pelo recogido, se agacha y peina con sus dedos los cuatro pelos que luce el anciano, “no hay que hacer caso de lo que dice, ¡si le tratamos mejor que a un cura!”. Se marcha y atiende a un grupo de familiares que viene de visita. Saturnino se revuelve en la silla, “ésta no es la cocinera”, su sonrisa no lo abandona.
Saturnino Fernández lleva dos años ingresado en una residencia privada en Erandio, desde que murió su mujer, él tiene 87. Hace un año resbaló, desde entonces no se separa de la silla de ruedas. “Ni para dormir. Al estar sentado aquí todo el día me puede la siesta mañana y tarde”, se ríe. La joven de la bata vuelve, “cómo se nota que es fin de semana…, las visitas no paran. Ya podía ser así todos los días”.
Para Irantxu Artabe, joven terapeuta de 27 años, las visitas son fundamentales si los familiares no desean que sus mayores sientan abandono, “es la cara triste, típica de las residencias. Pero más bien es un tópico, con cariño y visitas regulares pueden volver las ganas de vivir”. I. Artabe levanta con el pie el freno de la silla de ruedas, es la hora de comer. A Saturnino le vence la pereza y se despide con el balanceo de la mirada.
Sólo en Vizcaya, se contabilizan 183 residencias para ancianos, de las que 20 son públicas. Los hogares de día son 65, pero corresponden en mayor número a la administración pública. Estos centros pueden ser una opción preventiva eficaz antes de optar directamente por la residencia.
La segunda planta de la residencia es especial. Los aquí ingresados padecen enfermedades mentales como demencia o alzheimer, precisan atención concreta. Aurora está nerviosa, no puede dejar de frotarse los dedos. Pedro Navarro, de 45 años, hijo suyo, se sienta a su lado. “¿Me has traído los pendientes?”, pregunta ella. Pedro levanta los hombros y no responde, Aurora no sabe que los lleva puestos. Otros días, no reconoce a sus hijos.
“Tiene las piernas hinchadas, eso le pasa por no andar. No les dejan salir de la planta, pero este pasillo no les da para caminar”, se lamenta Pedro. Se vuelve y pregunta: “ama ¿cuándo te toca hacer los ejercicios? Varios días a la semana les hacen moverse”. “¿Tienes tú mis pendientes? Me los has quitado perillán, te conozco”, contesta ella.
Aurora Recio, de 80 años, nació en un pueblo de Zaragoza. Aunque reside desde hace muchos años en Bilbao, aún no se ha empañado su acento maño con el que se gana la simpatía de los cuidadores. Cuando su demencia senil no era tan acusada, sus hijos optaron por un hogar de día. Estos centros ofrecen servicios donde prioriza el entretenimiento, y por la noche los ancianos vuelven a sus casas. “Al principio, fenomenal”, explica Pedro, “la ingresamos para que estuviese distraída con otras personas, tanto tiempo sola no le hacía bien. Después, fue a peor: por la noche se despertaba y andaba por la casa, no podíamos descansar. Finalmente, optamos por ingresarla en la residencia”.
Disfrutar de una vejez digna es, en ocasiones, un reto difícil. Genera disputas dentro del seno familiar donde la principal afectada, no hay que olvidar, es la tercera edad. Saturnino o Aurora son los principales protagonistas en una obra que se acaba. Gozan, por lo tanto, del mayor respeto y un caluroso aplauso que la sociedad tiene la oportunidad de brindar antes de que baje el telón. Prima disfrutar del bienestar que alivie los años y procure un bonito recuerdo de la vida que les tocó interpretar.
Saturnino Fernández y Aurora Recio muestran su vida en la residencia, como otros ancianos, en busca del bienestar
Las residencias y hogares de día son escenarios cada vez más frecuentes en la sociedad. Cada año, la población anciana mayor de 85 años crece en número. En 2015 se prevé que supondrá el 16,4% de la población total en la CAV, hasta contar con 76.600 personas, según las proyecciones de población del Eustat. Esta dirección choca directamente con la realidad económica de las familias y la encrucijada de las ayudas que disponen los servicios sociales; olvidando, en ocasiones, quiénes son las personas que verdaderamente necesitan toda la atención.

“Cuando esta residencia nos ponga tan buena comida como la que preparaba mi mujer, yo ya no estaré aquí”. Saturnino alza una ceja y sonríe, la ironía se le escapa de la boca. Desde la silla de ruedas, enclavado en un punto estratégico del salón, divisa a todo aquél que entra en la estancia. Se acerca una joven con bata blanca y el pelo recogido, se agacha y peina con sus dedos los cuatro pelos que luce el anciano, “no hay que hacer caso de lo que dice, ¡si le tratamos mejor que a un cura!”. Se marcha y atiende a un grupo de familiares que viene de visita. Saturnino se revuelve en la silla, “ésta no es la cocinera”, su sonrisa no lo abandona.
Saturnino Fernández lleva dos años ingresado en una residencia privada en Erandio, desde que murió su mujer, él tiene 87. Hace un año resbaló, desde entonces no se separa de la silla de ruedas. “Ni para dormir. Al estar sentado aquí todo el día me puede la siesta mañana y tarde”, se ríe. La joven de la bata vuelve, “cómo se nota que es fin de semana…, las visitas no paran. Ya podía ser así todos los días”.
Para Irantxu Artabe, joven terapeuta de 27 años, las visitas son fundamentales si los familiares no desean que sus mayores sientan abandono, “es la cara triste, típica de las residencias. Pero más bien es un tópico, con cariño y visitas regulares pueden volver las ganas de vivir”. I. Artabe levanta con el pie el freno de la silla de ruedas, es la hora de comer. A Saturnino le vence la pereza y se despide con el balanceo de la mirada.
Sólo en Vizcaya, se contabilizan 183 residencias para ancianos, de las que 20 son públicas. Los hogares de día son 65, pero corresponden en mayor número a la administración pública. Estos centros pueden ser una opción preventiva eficaz antes de optar directamente por la residencia.
La segunda planta de la residencia es especial. Los aquí ingresados padecen enfermedades mentales como demencia o alzheimer, precisan atención concreta. Aurora está nerviosa, no puede dejar de frotarse los dedos. Pedro Navarro, de 45 años, hijo suyo, se sienta a su lado. “¿Me has traído los pendientes?”, pregunta ella. Pedro levanta los hombros y no responde, Aurora no sabe que los lleva puestos. Otros días, no reconoce a sus hijos.
“Tiene las piernas hinchadas, eso le pasa por no andar. No les dejan salir de la planta, pero este pasillo no les da para caminar”, se lamenta Pedro. Se vuelve y pregunta: “ama ¿cuándo te toca hacer los ejercicios? Varios días a la semana les hacen moverse”. “¿Tienes tú mis pendientes? Me los has quitado perillán, te conozco”, contesta ella.
Aurora Recio, de 80 años, nació en un pueblo de Zaragoza. Aunque reside desde hace muchos años en Bilbao, aún no se ha empañado su acento maño con el que se gana la simpatía de los cuidadores. Cuando su demencia senil no era tan acusada, sus hijos optaron por un hogar de día. Estos centros ofrecen servicios donde prioriza el entretenimiento, y por la noche los ancianos vuelven a sus casas. “Al principio, fenomenal”, explica Pedro, “la ingresamos para que estuviese distraída con otras personas, tanto tiempo sola no le hacía bien. Después, fue a peor: por la noche se despertaba y andaba por la casa, no podíamos descansar. Finalmente, optamos por ingresarla en la residencia”.
Disfrutar de una vejez digna es, en ocasiones, un reto difícil. Genera disputas dentro del seno familiar donde la principal afectada, no hay que olvidar, es la tercera edad. Saturnino o Aurora son los principales protagonistas en una obra que se acaba. Gozan, por lo tanto, del mayor respeto y un caluroso aplauso que la sociedad tiene la oportunidad de brindar antes de que baje el telón. Prima disfrutar del bienestar que alivie los años y procure un bonito recuerdo de la vida que les tocó interpretar.
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