28 febrero 2006

Entrevista: lechera


Tiburcia Menchaca/Lechera de 1937 a 1995

“A los críos de ahora no les gustaría la leche de entonces”


Un sendero deja atrás el humedal de Bolue, en los límites de la localidad de Berango. El viejo camino remonta un repecho desde la estrada Larrañazubi, y termina en el caserío Arzubiaga. Es una casa, reformada, que aún conserva en su fachada las piedras que albergaron los cuatrocientos años de su pasado. Tiburcia Menchaca se acuerda bien de la casa donde se crió, la cuadra, las vacas y los cántaros de leche colgados en el portal, a la espera del amanecer.

¿Esto fue, antiguamente, la cuadra? Aún puede sentirse el calor de los animales…

Hace diez años que comenzamos a quitarlo todo. Recuerdo, entonces, las últimas veces que llevé leche en la furgoneta, aquello sí era rapidez. Pero desde que murió mi marido no tenemos vacas. Cuido de la casa, las gallinas y el cerdo, y he decidido que éste será el último. Tengo 78 años y me canso más que antes.

Se la ve con muy buena salud…

Mejor que la de antiguas clientas, aquellas señoras de dinero a quienes llevaba la leche a sus casas de Neguri, en los meses de verano. Con alguna sigo manteniendo relación, por eso te lo digo.

¿Tendrá algo que ver su antiguo oficio?

Desde luego, comencé a repartir la leche con mi madre a los nueve años, nos ayudaba una burra. Todos los días se levantaba mi padre a las cinco de la mañana para ordeñar. A las seis yo desayunaba un tazón de leche y talo, y salíamos a repartir. En verano, andábamos hasta Neguri y acabábamos en Alangos, después, corriendo, me iba a la escuela de Santa Ana.

¿Le quedaban ganas para estudiar?

Lo peor era en invierno, porque nuestros clientes volvían a sus casas de Bilbao. Teníamos que llevar la leche, primero, hasta la estación de tren de Neguri. El tren nos dejaba en el Casco Viejo y desde allí andando íbamos hasta más allá de la Diputación, a la calle Iparraguirre. A la vuelta corriendo de nuevo a la escuela. Pero creo que hemos salido muy listos, para cuatro días que fuimos hemos sabido sumar y de todo.

¡Qué clientes tan distinguidos tenían! ¿La leche daba dinero?

Cuando juntábamos algo, se gastaba en comprar una vaca o un carro, que mucho más tarde sustituiría la furgoneta. Además, éramos ocho hermanos. Vivimos sin estrecheces, pero con lo justo. Entre los clientes había de todo. Recuerdo, en Bilbao, una señora que me hacía subir la leche por las escaleras, para que no me vieran sus vecinos coger el ascensor, incluso cuando estuve en estado. A aquella le guardaré siempre rencor. Pero también teníamos buenas relaciones, algunas familias, incluso, traían a sus hijos a la casa para que jugaran con los animales.

¿La diferencia entre clases era más notoria en aquellos tiempos?

Sí, pero había menos apariencias y, en ocasiones, más solidaridad. Con algunas familias nos intercambiábamos alimentos que traíamos de vuelta en las cantimploras, como peladuras para dar de comer a los cerdos, aceite, arroz u otras cosas. Para esto era bueno conocer al cocinero de cada casa.

¿No había controles de calidad?

Sí, y fueron aumentando, hasta que acabaron pagándonos por dejar de tener leche. Aunque nosotros también hacíamos alguna trampa, inocente, como verter agua a la leche que salía muy concentrada y en poca cantidad; por ejemplo, la que daban las vacas suizas. Había que tener cuidado de no pasarse, el celador de la estación de Neguri nos controlaba la cantidad y la calidad, después nos cobraba un dinero por la leche que comerciábamos. Sanidad se fue poniendo cada vez más rigurosa.

Hasta que por fin ahora, la leche, sale del tetra brick…

A lo que nos acostumbren. A los críos de ahora no les gustaría la leche de entonces, ellos creen que beben leche, pero no es más que agua. Ni siquiera te piden un alimento u otro, ellos piden Orlando.

¿Habrán mejorado en higiene las centrales lecheras?

Nosotros también la teníamos. Unas pocas gotas de agua oxigenada servían para que la leche no se perdiese por la noche, después de ordeñar las vacas en la tanda de la tarde, las tormentas o el viento sur podían fastidiarte toda la recogida. También existían enfermedades habituales en las vacas, como la mamitis o la tuberculosis. Pero el aldeano siempre ha mimado bien su ganado, lo conocía, era su vida. Puede que las vacas de ahora tengan más higiene, pero a saber qué comen, cómo viven ¡en fábricas!

¿Usted qué leche toma?

No bebo leche sola. Guardo un poco porque me gusta el café con leche. En casa del herrero, cuchillo de palo.

09 febrero 2006

Reportaje: Vejez

La vejez, cuestión de dignidad

Saturnino Fernández y Aurora Recio muestran su vida en la residencia, como otros ancianos, en busca del bienestar

Las residencias y hogares de día son escenarios cada vez más frecuentes en la sociedad. Cada año, la población anciana mayor de 85 años crece en número. En 2015 se prevé que supondrá el 16,4% de la población total en la CAV, hasta contar con 76.600 personas, según las proyecciones de población del Eustat. Esta dirección choca directamente con la realidad económica de las familias y la encrucijada de las ayudas que disponen los servicios sociales; olvidando, en ocasiones, quiénes son las personas que verdaderamente necesitan toda la atención.


“Cuando esta residencia nos ponga tan buena comida como la que preparaba mi mujer, yo ya no estaré aquí”. Saturnino alza una ceja y sonríe, la ironía se le escapa de la boca. Desde la silla de ruedas, enclavado en un punto estratégico del salón, divisa a todo aquél que entra en la estancia. Se acerca una joven con bata blanca y el pelo recogido, se agacha y peina con sus dedos los cuatro pelos que luce el anciano, “no hay que hacer caso de lo que dice, ¡si le tratamos mejor que a un cura!”. Se marcha y atiende a un grupo de familiares que viene de visita. Saturnino se revuelve en la silla, “ésta no es la cocinera”, su sonrisa no lo abandona.

Saturnino Fernández lleva dos años ingresado en una residencia privada en Erandio, desde que murió su mujer, él tiene 87. Hace un año resbaló, desde entonces no se separa de la silla de ruedas. “Ni para dormir. Al estar sentado aquí todo el día me puede la siesta mañana y tarde”, se ríe. La joven de la bata vuelve, “cómo se nota que es fin de semana…, las visitas no paran. Ya podía ser así todos los días”.

Para Irantxu Artabe, joven terapeuta de 27 años, las visitas son fundamentales si los familiares no desean que sus mayores sientan abandono, “es la cara triste, típica de las residencias. Pero más bien es un tópico, con cariño y visitas regulares pueden volver las ganas de vivir”. I. Artabe levanta con el pie el freno de la silla de ruedas, es la hora de comer. A Saturnino le vence la pereza y se despide con el balanceo de la mirada.

Sólo en Vizcaya, se contabilizan 183 residencias para ancianos, de las que 20 son públicas. Los hogares de día son 65, pero corresponden en mayor número a la administración pública. Estos centros pueden ser una opción preventiva eficaz antes de optar directamente por la residencia.

La segunda planta de la residencia es especial. Los aquí ingresados padecen enfermedades mentales como demencia o alzheimer, precisan atención concreta. Aurora está nerviosa, no puede dejar de frotarse los dedos. Pedro Navarro, de 45 años, hijo suyo, se sienta a su lado. “¿Me has traído los pendientes?”, pregunta ella. Pedro levanta los hombros y no responde, Aurora no sabe que los lleva puestos. Otros días, no reconoce a sus hijos.

“Tiene las piernas hinchadas, eso le pasa por no andar. No les dejan salir de la planta, pero este pasillo no les da para caminar”, se lamenta Pedro. Se vuelve y pregunta: “ama ¿cuándo te toca hacer los ejercicios? Varios días a la semana les hacen moverse”. “¿Tienes tú mis pendientes? Me los has quitado perillán, te conozco”, contesta ella.

Aurora Recio, de 80 años, nació en un pueblo de Zaragoza. Aunque reside desde hace muchos años en Bilbao, aún no se ha empañado su acento maño con el que se gana la simpatía de los cuidadores. Cuando su demencia senil no era tan acusada, sus hijos optaron por un hogar de día. Estos centros ofrecen servicios donde prioriza el entretenimiento, y por la noche los ancianos vuelven a sus casas. “Al principio, fenomenal”, explica Pedro, “la ingresamos para que estuviese distraída con otras personas, tanto tiempo sola no le hacía bien. Después, fue a peor: por la noche se despertaba y andaba por la casa, no podíamos descansar. Finalmente, optamos por ingresarla en la residencia”.

Disfrutar de una vejez digna es, en ocasiones, un reto difícil. Genera disputas dentro del seno familiar donde la principal afectada, no hay que olvidar, es la tercera edad. Saturnino o Aurora son los principales protagonistas en una obra que se acaba. Gozan, por lo tanto, del mayor respeto y un caluroso aplauso que la sociedad tiene la oportunidad de brindar antes de que baje el telón. Prima disfrutar del bienestar que alivie los años y procure un bonito recuerdo de la vida que les tocó interpretar.