Saturnino Fernández y Aurora Recio muestran su vida en la residencia, como otros ancianos, en busca del bienestar
Las residencias y hogares de día son escenarios cada vez más frecuentes en la sociedad. Cada año, la población anciana mayor de 85 años crece en número. En 2015 se prevé que supondrá el 16,4% de la población total en la CAV, hasta contar con 76.600 personas, según las proyecciones de población del Eustat. Esta dirección choca directamente con la realidad económica de las familias y la encrucijada de las ayudas que disponen los servicios sociales; olvidando, en ocasiones, quiénes son las personas que verdaderamente necesitan toda la atención.

“Cuando esta residencia nos ponga tan buena comida como la que preparaba mi mujer, yo ya no estaré aquí”. Saturnino alza una ceja y sonríe, la ironía se le escapa de la boca. Desde la silla de ruedas, enclavado en un punto estratégico del salón, divisa a todo aquél que entra en la estancia. Se acerca una joven con bata blanca y el pelo recogido, se agacha y peina con sus dedos los cuatro pelos que luce el anciano, “no hay que hacer caso de lo que dice, ¡si le tratamos mejor que a un cura!”. Se marcha y atiende a un grupo de familiares que viene de visita. Saturnino se revuelve en la silla, “ésta no es la cocinera”, su sonrisa no lo abandona.
Saturnino Fernández lleva dos años ingresado en una residencia privada en Erandio, desde que murió su mujer, él tiene 87. Hace un año resbaló, desde entonces no se separa de la silla de ruedas. “Ni para dormir. Al estar sentado aquí todo el día me puede la siesta mañana y tarde”, se ríe. La joven de la bata vuelve, “cómo se nota que es fin de semana…, las visitas no paran. Ya podía ser así todos los días”.
Para Irantxu Artabe, joven terapeuta de 27 años, las visitas son fundamentales si los familiares no desean que sus mayores sientan abandono, “es la cara triste, típica de las residencias. Pero más bien es un tópico, con cariño y visitas regulares pueden volver las ganas de vivir”. I. Artabe levanta con el pie el freno de la silla de ruedas, es la hora de comer. A Saturnino le vence la pereza y se despide con el balanceo de la mirada.
Sólo en Vizcaya, se contabilizan 183 residencias para ancianos, de las que 20 son públicas. Los hogares de día son 65, pero corresponden en mayor número a la administración pública. Estos centros pueden ser una opción preventiva eficaz antes de optar directamente por la residencia.
La segunda planta de la residencia es especial. Los aquí ingresados padecen enfermedades mentales como demencia o alzheimer, precisan atención concreta. Aurora está nerviosa, no puede dejar de frotarse los dedos. Pedro Navarro, de 45 años, hijo suyo, se sienta a su lado. “¿Me has traído los pendientes?”, pregunta ella. Pedro levanta los hombros y no responde, Aurora no sabe que los lleva puestos. Otros días, no reconoce a sus hijos.
“Tiene las piernas hinchadas, eso le pasa por no andar. No les dejan salir de la planta, pero este pasillo no les da para caminar”, se lamenta Pedro. Se vuelve y pregunta: “ama ¿cuándo te toca hacer los ejercicios? Varios días a la semana les hacen moverse”. “¿Tienes tú mis pendientes? Me los has quitado perillán, te conozco”, contesta ella.
Aurora Recio, de 80 años, nació en un pueblo de Zaragoza. Aunque reside desde hace muchos años en Bilbao, aún no se ha empañado su acento maño con el que se gana la simpatía de los cuidadores. Cuando su demencia senil no era tan acusada, sus hijos optaron por un hogar de día. Estos centros ofrecen servicios donde prioriza el entretenimiento, y por la noche los ancianos vuelven a sus casas. “Al principio, fenomenal”, explica Pedro, “la ingresamos para que estuviese distraída con otras personas, tanto tiempo sola no le hacía bien. Después, fue a peor: por la noche se despertaba y andaba por la casa, no podíamos descansar. Finalmente, optamos por ingresarla en la residencia”.
Disfrutar de una vejez digna es, en ocasiones, un reto difícil. Genera disputas dentro del seno familiar donde la principal afectada, no hay que olvidar, es la tercera edad. Saturnino o Aurora son los principales protagonistas en una obra que se acaba. Gozan, por lo tanto, del mayor respeto y un caluroso aplauso que la sociedad tiene la oportunidad de brindar antes de que baje el telón. Prima disfrutar del bienestar que alivie los años y procure un bonito recuerdo de la vida que les tocó interpretar.
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